28.4.11

¿Cómo decías que te llamabas?


Si recuerdan, en mi último post “Si el río suena…veneno lleva” les comenté que nunca le pondría a mi hija el nombre de Livia. Releyéndolo he pensado que ya va siendo hora de que les hable sobre los nombres romanos, sobre el origen y la estructura, porque es bastante curiosa.
Hoy en día uno se llama Jesús Cabeza Compostizo o Elena Nito del Bosque, por ejemplo, y todos entendemos que a parte de haber tenido una infancia muy dura, ésta gente tiene un nombre, un primer apellido y un segundo apellido. Cómo todo el mundo vamos, pero con ración extra de collejas.
En la época de los romanos esto no era exactamente así.
Ellos gozaban de un praenomen, es decir, el nombre propio, un nomen, que era el nombre de la familia (como el apellido), y un cognomen, que generalmente se usaba para acabar de identificar al individuo, ya sea con un mote, o especificando mejor la rama de la familia a la que pertenecía.

Lápida de un tal Lucio Statorio Iucundilo, quién le iba a decir a él que estaría tan bien conservada a estas alturas de la película...

No sé si se han estado fijando, pero la mayoría de los personajes que han salido en el blog, tienen nombres muy parecidos, y muchos de ellos se repiten. Eso no es de extrañar ya que, por ejemplo, al final de la República sólo existían  dieciocho praenomen, es decir, dieciocho nombres propios. Eso era todo. Así que por narices necesitaban el nomen y el cognomen, o no había manera de entenderse. 
En general, el nombre de pila no era muy importante, y cuando se citaba a la gente, era bastante habitual abreviarlos, por ejemplo:

Ap.: Appius
A.: Aulus
C.: Caius / Gaius
D.: Decimus
Y etc.

Lo considerado más importante era el nomen, es decir, el apellido familiar, que quizá les suenen más, por ejemplo la familia Iulia, de la que he hablado en más de una ocasión, o la familia Tulia. Así hasta cuantas familias hubieran. Se deduce que había más variedad entonces en el nomen que en el praenomen, lo que es bastante curioso, sobretodo hoy en día, que es costumbre poner a los churumbeles nombres cada vez más rocambolescos.

El cognomen es lo más divertido. No todos los ciudadanos tenían el “honor” de poseer uno, sólo los que pertenecían a familias patricias o eran conocidos por algo, ya fueran actores, escritores, historiadores, etc.
Se utilizaba para acabar de especificar, para que no hubiera duda de que estás hablando de tu primo y no del hijo del vecino, que curiosamente también se llama Marco Cornelio (no era tan raro).
Esto me lleva a la nostalgia de los días del colegio, en los que existían el gafotas, la granos, el enano o el cojo (sí, hay gente que es muy jodida cuando son niños).
Pues el cognomen era básicamente esto, si un pobre hombre tenía la desgracia de tener acné, pues después de Marco Cornelio le ponían Cicerón, que viene de cicero (grano). Así que si decías, “Sí, Marco Cornelio…”, y te miraban con cara de extrañados decías: “¡El de los granos!” y todo quedaba resuelto.

Hay muchos hombres ilustres de la época a los que se les ha acabado conociendo por su cognomen:

César: Significa cabellera, debía tener un pelazo de ensueño.
Escipión: Significa bastón, sería una especie de House a la romana.
Claudio: Significa cojera, y es que aparte de llamarse así por pertenecer a la familia Claudia,  nació desproporcionado, eso no se lo puedo negar...


Y así podríamos seguir y seguir, porque, lo que se solía hacer es que cuando un personaje notable era conocido por el cognomen, sus descendientes también lo acababan adoptando, convirtiéndose en un segundo apellido y dando lugar a un cuarto nombre, un segundo cognomen.  Así que por ejemplo, todos los emperadores eran llamados Césares, pero dudo que todos tuvieran pelazo de ensueño. 


 Divino Augusto Padre, reza esta moneda. Augusto fue designado como César por el propio Julio. 

A parte, también existían los agnomen, que generalmente sólo eran concedidos a aquellos generales que habían conseguido algún tipo de gesta en países extranjeros. Germánico, padre de Calígula, fue nombrado así porque pacificó la provincia de Germania. Los agnomen eran un reconocimiento muy elevado y muy pocos consiguieron ése honor.

Sé que todo esto puede sonar un tanto complicado, así que aquí viene un clarificador ejemplo:

El emperador Calígula (van a empezar a pensar que tengo algún tipo de obsesión con este hombre) se llamaba en realidad: Gaius (nombre de pila) Iulius (era perteneciente a la familia Julia) Caesar (cognomen adoptado de Julio César) Augustus (segundo cognomen adoptado del emperador Augusto i que generalmente adoptaron todos los emperadores después de él) Germanicus (agnomen heredado de su padre Germánico).
Pero se le acabó llamando Calígula
¿Por qué? Pues por lo que comenté en el primer post: De pequeño se probaba las caligas de los soldados romanos.  Calígula significa botitas, y ése resultó ser su cognomen.

Había otros tipos de cognomen, como por ejemplo “hijo de” (algo que se sigue estilando hoy en día en algunas regiones) o “esclavo de” (algo que ya no se estila para nada en ninguna región).

Antes de terminar me gustaría hablarles un poco de los nombres de las mujeres. Las mujeres eran un auténtico cero a la izquierda y no tenían praenomen, así que era común simplemente llamarlas por el  nomen de la familia en femenino.  Si era de la familia de los Iulius, pues Julia, si era hija de Agripa, pues Agripina, y a otra cosa.
Como máximo, les ponían detrás un cognomen como Minor o Maior, para diferenciarlas y se acabó.
Por cierto que Livia es un cognomen que significa: La de color aceituna.



 Para acabar de rizar el rizo, les presento a Agrippina Maior, esposa de Germánico y madre de Calígula. 


Les propongo un pequeño juego. El nombre más largo conocido en la época romana es el de un cónsul de 169 d.C (se les empezaba a ir la olla) con treinta y seis cognomina
Uno de ellos está repetido dos veces, y el otro tres. ¿Saben decirme cuáles son?

El nombre en si era:  Quinto Pompeyo Seneción Roscio Murena Celio Sexto Julio Frontino Silio Deciano Gayo Julio Euricles Herculano Lucio Vibulio Pío Augustano Alpino Belicio Solerte Julio Apro Ducenio Próculo Rutiliano Rufino Silio Valente Valerio Nigro Claudio Fusco Saxa Amintiano Sosio Prisco.

¡Suerte!

26.4.11

Si el río suena...veneno lleva.


Hoy he decidido empezar a escribir sobre la dinastía Julio-Claudia. Es una dinastía que dará mucho que hablar, ya lo verán, y la más notoria en la historia del imperio romano. Cinco de los emperadores más famosos provienen de esta dinastía, a saber: Augusto (tan angelical que parecía cuando lo compraron),  Tiberio (llegó al poder gracias a que su madre Livia se cargó a media Roma), Calígula (sólo puedo decir que estaba como una chota), Claudio (el único al que consideraban tonto, y el más listo en realidad) y Nerón (gracias a los dioses todavía no se habían inventado los mecheros).

La dinastía Julio-Claudia era todo un espectáculo: traiciones, asesinatos, matrimonios incestuosos, destierros, conjuras y demás espectáculos morbosos que cualquier guionista pagaría lo que tiene por inventarse.
Y es que la realidad superaba a la ficción, se lo aseguro.
Para conocer más a fondo la telenovela de sus vidas, les recomiendo dos series que seguirán apareciendo durante el tiempo que compartamos juntos: “Roma” que nos relata los imperios de Julio César y Augusto y “Yo, Claudio”, que hace un repaso magistral a los imperios de Augusto, Tiberio, Calígula y Claudio. De Nerón nada, ya ven, aunque también tienen la película si quieren.
Es muy complicado contarles las idas y venidas de esta gente de buenas a primeras, así, a bote pronto, ni siquiera sé por dónde empezar.
He encontrado un árbol genealógico MUY simplificado en Wikipedia, en el que básicamente vemos en negrita los cinco emperadores, sus esposas, los hijos más relevantes, y sus hijos adoptivos que se unen con línea discontinua, y que, como ven, fueron claves en más de una ocasión.

Si éste árbol diera frutos, iban a ser castañas como poco...

Era muy común casar primos con primas, sobrinas con tíos, y lo único que se consideraba incesto era hacerlo hermanos con hermanas, aunque Calígula ni lo dudó, como no podía ser de otra manera.
Creo que he encontrado una manera de empezar, y es hablándoles de la persona que, en gran parte, hizo que la sucesión imperial se creara de esta manera, una persona inteligente y calculadora, alguien que hasta el día de su muerte estuvo instigando para que las cosas se hicieran a su manera. Alguien que contribuyó a que  a la familia Julia-Claudia pareciera maldita, pero que también les otorgó parte de su gloria. Alguien que, según dicen, acabó con la vida del propio Augusto por el bien de la familia. ¿Algún emperador? ¿Algún hijo bastardo descontento? No señores, de eso nada. Fue una mujer.

Una mujer bella, según dicen los escritos, considerada una auténtica romana, una madre y esposa virtuosa, con un nombre que nunca le pondría a mi hija, no porque no me guste, sino porque me saldría con mala leche seguro: Livia.


Una increíble y espectacular Siân Phillips interpreta el papel de Livia en "Yo Claudio"

Livia, ahí donde la ven, fue esposa de Augusto, madre de Tiberio, abuela de Claudio, bisabuela de Calígula y tatarabuela de Nerón. No creo que haya nadie más en toda la dinastía que cuente con ese privilegio.
Fue la tercera esposa de Augusto, a la que él más amó y con la que se quedó hasta el día de su muerte, aunque no le dio ningún hijo. Pero no hacía falta, ella ya tenía dos, Tiberio y Druso, y la señora no paró hasta que tuvo a su nene en el trono imperial.
Y le costó, no se crean, Augusto no tenía afinidad con Tiberio, le parecía un bruto, un hombre hecho para la guerra, no para la política (curiosamente el propio Tiberio pensaba exactamente lo mismo), pero Livia, desatendiendo las razones de uno y de otro, tejió su tela de araña en la oscuridad para conseguir su propósito.
Con su cabezonería, consiguió separar a Tiberio de su mujer, a la que amaba con locura, para casarlo con única hija de Augusto, Julia, a la que no soportaba.

Antes de seguir contándoles más detalles, quiero dejar clara una cosa, todo lo que a continuación relato, no son más que meras suposiciones, rumores, basados en ciertos escritos de cronistas que se han encontrado, pero que no son suficientemente consistentes como para darlos enteramente por válidos.
Pero aquí han venido a jugar ¿No es verdad?
¡Despellejemos a esa bruja!

Según dicen, Livia acabó con la vida de más de uno de su familia, directa o indirectamente, ya sea acusándolos de traición y conjura o directamente envenenándolos, su pasatiempo favorito.
Como he dicho antes, Livia quería a toda costa que su hijo Tiberio fuera el sucesor de Augusto, pero para hacerlo, tenía que pasar por encima de algunos cadáveres, porque su marido siempre prefería a otro antes que a su hijo.
Condenó a Tiberio y a Julia a un matrimonio desdichado que acabó en tragedia, ya que ésta empezó a montárselo con todo lo que se movía, y, al ser atrapada y considerada una vergüenza para Augusto, que luchaba por la virtuosidad del matrimonio romano, fue desterrada por su propio padre. Julia murió en una pequeña isla llamada Calabria el mismo año en que lo hizo Augusto, que ya es mala suerte también.

Anteriormente, Julia había estado casada con su primo Marcelo, que era el hijo de Antonia, hermana de Augusto (una de mis Julia-Claudias favoritas junto al propio emperador Claudio) pero Marcelo murió por “enfermedad sospechosa”, dejando la vía libre a Tiberio para convertirse en el esposo de la hija del emperador

Cuando Julia fue desterrada, Augusto acogió a sus nietos como sucesores, que también murieron en “circunstancias extrañas”.
Pero aquí no acaba todo. Germánico, padre de Calígula y uno de los mejores generales del imperio, era muy querido por el pueblo y en más de una ocasión había manifestado su nostalgia por la república. ¿Adivinen qué?…También murió “de una extraña enfermedad” en Antioquía.
Pero ahora viene lo mejor, según dicen (me siento una colaboradora de un programa del corazón) Livia acabó envenenando al propio Augusto, cansada como estaba ya de tanta historia, me imagino.
Pero le resulto bastante más complicado que al resto. Augusto empezaba a olerse algo, tantos sucesores muertos era bastante sospechoso. Y mientras tanto Livia presionando con lo de Tiberio. “Uhmm”-dijo Augusto-“ A ver si aquí mi señora me la está pegando...”
Así que optó por tomar medidas drásticas. Sólo bebía de la jarra de donde bebía Livia y únicamente comía los higos que él mismo cogía de una higuera que tenía en el jardín. Pero aún así se lo cargó. ¿Cómo? ¡Envenenó los higos la tía! ¡Los envenenó mientras estaban el árbol!


Con esa carita de ángel...para que después digan...

Así que al final no quedó más remedio que darle la coronita a Tiberio, que insisto, al principio no la quería. Pero bueno, a todo se acaba acostumbrando uno, no les iba a hacer un feo tampoco.
Una vida apasionante la de esta mujer, eso no se lo voy a negar. Pero quiero romper una lanza por ella, me siento en la obligación de hacerlo.
Livia estuvo considerada la mano derecha de Augusto en los 52 años que duró su matrimonio y siempre miró por el bien del imperio y de la familia (en fin…).  
Es cierto que era una mujer muy dada a la política, que aconsejaba muy bien a su marido y que daba una imagen la mar de ejemplar. No vestía ostentosamente, no se vanagloriaba de su poder y daba ejemplo al pueblo. Eso sí es verdad.
Para su condición de mujer, que en aquella época era bastante denigrante, ella consiguió tener su propia voz y convertirse en la “Madre de Roma”.
Tanto es así, que a Tiberio quisieron ponerle el título de “Hijo de Livia”, título que, por supuesto, rechazó, ya que a parte que era bastante ridículo, Tiberio nunca tuvo una buena relación con su madre. Cuando ésta murió -eso sí, tranquilamente en su cama y de vieja- Tiberio no asistió a los funerales y prohibió que se le rindieran homenajes.



 No me extraña que Tiberio la odiara, no se podía separar de ella ni cuando abría la cartera...

Como dicen en las telenovelas mientras se hace un fundido a negro algo abrupto sobre la cara maliciosa del hijo heredero al trono: “Continuará”. 

19.4.11

Hagan sus apuestas...


“Alea Iacta Est” dijo Julio César hace unos años, cuando cruzó el Rubicón con su ejército.
El Rubicón era el río que hacía frontera entre Italia y la Galia , provincia que se le había asignado a César . Cruzándolo desafió a las órdenes del Senado y provocó una Guerra Civil contra Pompeyo. Guerra que ganó, por cierto.

Siempre se ha traducido “Alea Iacta Est” como “La suerte está echada”, pero una traducción más exacta sería la de “El dado se ha echado”, y es que el pueblo romano era tremendamente jugador.


Señores romanos jugando 

Antes de nada, es importante remarcar que el juego estaba terminantemente prohibido en el territorio dominado por los romanos.  Esto era raro porque no era normal que se legislaran las costumbres de origen civil (se podía fumar y todo…menuda osadía)
El caso es que se prohibió porque la gente llegaba a apostar cantidades ingentes de dinero, algo que se ha hecho toda la vida vamos, pero después de un par de multas de aviso, los romanos simplemente empezaron a jugar dentro de las tabernas y a substituir el dinero por fichas, así que, como ven, mucho le debe Las Vegas a la ley romana. 



Vasija donde están representados Aquiles y Ájax jugando, muy cansados de matar troyanos pero con las lanzas siempre dispuestas...no fuera a ser. 


Y es que, hay que dejar una cosa clara, desde la plebe más humilde hasta los emperadores, pasando por los campos de legionarios, todos se saltaban la norma a la torera y jugaban cuando les daba la gana.
Por poner un ejemplo, el emperador Claudio, mi favorito, ya se lo adelanto, era tremendamente aficionado a los dados, y emperadores como Calígula o Cómodo (dos ejemplos de la chaladura imperial) llegaron a organizar casas de juego en el propio palacio para los patricios, y conseguir, de esta manera, fondos para quién sabe qué.

Pero la ley era la ley, y sólo había una época en la que estaba permitido jugar a los dados, y esta era la fiesta de las Saturnales. Sobre las Saturnales me gustaría escribir un post entero, porque me resulta un evento muy curioso y divertido, pero para que se hagan una idea, puedo adelantarles que se trataba de una fiesta parecida al Carnaval.
Durante la misma, no había distinción de clases entre ricos y pobres, y los esclavos eran liberados de sus funciones, por lo que más adelante se la llegó a llamar “La fiesta de los esclavos”.

Pero volvamos a los dados, al juego en general, eso que atrae, que engancha y desbarata la economía del que no sabe controlarse.
La historia de los dados es larga y aburrida, la resumiré diciendo que en Egipto se usaban tablillas con una cara pintada de negro y la otra del color natural de la madera (dados de dos caras) y que fueron los griegos, menuda sorpresa, los que implantaron los dados de seis caras en Roma.



Dados romanos, rudimentarios pero bastante conseguidos. 

Era muy común entre la plebe jugar a los dados en las tabernas. Los romanos acostumbraban a tirar dos dados, a diferencia de los griegos que tiraban tres.
Algunas veces los tiraban con la mano, pero como los romanos no se fiaban ni un pelo los unos de los otros, así les fue, por otra parte, acostumbraban a usar un fritillus, que es lo que hoy en día se conoce como cubilete. 


Cubilete para ricos, no se vayan a creer que todos eran así...


Lo curioso es que se han encontrado dados trucados de aquella época, y es que lo de hacer trampas en el juego es más viejo que, como dicen en mi casa, “El puente romano”, expresión que me viene al pelo.

El juego en si era muy parecido al de hoy en día. Meneaban el cubilete, lo ponían encima de la mesa boca abajo y hacían sus apuestas.
Si esperaban que les explicara las reglas del juego en si, siento decepcionarles, pero ni siquiera entiendo el juego de los dados hoy en día, para mi es como un misterio.

A parte de los dados, existían otros juegos con los que los romanos mataban el tiempo. Uno de ellos era el Latrunculi.
El Latrunculi era como una mezcla entre el ajedrez y las damas, para que se hagan una idea. Mismo tablero, una hilera de fichas por jugador y el objetivo de matarlas a todas. La gracia era cómo se movían, de forma ortogonal, es decir, como se mueve el caballo en el ajedrez.


El Latrunculi, hay páginas web donde existe la aplicación para jugar. 

Otro parecido al Latrunculi era el Calculi, sí, los nombres tienen lo suyo. El procedimiento era casi el mismo, pero se jugaba con tableros más grande y con alguna regla modificada.
Pero el juego estrella, el que consiguió la prohibición, el que el emperador Claudio llevaba en su carruaje por si se aburría yendo de aquí para allá, era el Tabula.
El Tabula es un juego endemoniadamente difícil y que les juro que he intentado comprender. En un tablero parecido al Backgammon, me consta que las fichas se movían y pasaban cosas.


Como ven, las fichas se desplazan de una casilla a la otra, yo no he mentido...

No me pongan mala cara, estoy segura que mi amigo Wikipedia hará las delicias de todos si sienten el cosquilleo de la curiosidad. Si consiguen entenderlo, por favor, háganmelo saber.

Y para aquellos que se han quedado con un gusto amargo en la boca a causa de mis pobres explicaciones (lo entiendo), les daré un caramelito final.
¿Sabían que los romanos jugaban al Risk? Sí amigos, el Risk es tan viejo como la conquista, pónganse a calcular.
Por supuesto no se llamaba Risk ni mucho menos, por aquél entonces ésa palabra simplemente se acercaba a algo parecido a un insulto pueblerino de un dialecto bárbaro, pero si no me creen, revisen la serie “Yo Claudio”, una de las mejores de temática romana que he visto, y una de las más fidedignas. En uno de los capítulos aparece Augusto jugando al “Risk” con sus nietos.
En el fondo, el tablero siempre acaba siendo el mismo, los nombres cambian, los fronteras varían y los tratados se firman, pero el territorio sigue ahí, inexpugnable o no, listo para ser conquistado por emperadores, parodias francesas de emperadores y señores bajitos con bigote.
Y ahora practiquen, jueguen y juzguen. Como dijo mi colega Julio: “Alea Iacta Est”.
(si Julio César supiera que le he llamado colega con total impunidad…)

S, va por ti :)