5.4.11

Esta no es otra estúpida boda romana...


El otro día, junto a una amiga, vimos a una pareja de novios haciéndose las típicas fotos de boda en un parque. El espectáculo era realmente ridículo. No me malinterpreten, la novia estaba relativamente guapa y el novio pues no se, ahí estaba el hombre, aguantando el tipo. Lo divertido de estas cosas es cuando el fotógrafo les dice, ahora pónganse como mirando al infinito, y los dos con las caritas puestas en plan sextercio, o, cójanse de la mano y mírense a los ojos mientras caminan hacia mi. De poco no se nos mata la novia entre los tacones, el vestido tipo princesa Disney y ése moño que le pesaba más que la propia cabeza.

Por suerte para ellos, los romanos no tenían que sufrir semejante humillación, porque en aquella época  sólo los ricos podían acceder a este tipo de cosas, y si querían hacerles grabados, frescos o bustos, pues ya si eso se iban pasando de vez en cuando y el artista, por su bien, más le valía sacarlos absurdamente favorecidos.


Pareja de romanos a los que se les ve excitadísimos por el feliz acontecimiento...

Lo de las bodas romanas tenía su gracia, sobretodo por el hecho de que muchas de las costumbres romanas han permanecido a lo largo de los años hasta llegar a los enlaces de nuestros primos, vecinos y demás.
Me explico.
Para empezar, era normal que los padres pactaran el enlace, sobretodo entre patricios (familias romanas nobles o con cierto nivel económico), generalmente por politiqueo, por apellido o por intereses económicos.
Los plebeyos también solían hacerlo pero era más en plan, “Niña, el carnicero te conviene”.
Bodas había de muchas clases, dependiendo precisamente de las mismas, así que mejor describir una boda normalita, como a la que habrán asistido cualquiera de ustedes, a no ser que estén emparentados con algún tipo de familia Real, en ese caso, pónganse en contacto conmigo vía mail. Mil gracias.
Como iba diciendo, una boda normalita empezaba con el pacto entre las familias, aunque también había casos en los que se casaban por amor, pero eso era bastante raro, la verdad.
Lo primero de todo eran las Esponsales, es decir, el futuro marido con su familia se presentaban en el hogar de la señorita y éste le entregaba un anillo para simbolizar su compromiso, esto se sigue estilando hoy en día, pero los anillos se entregan de rodillas, dentro de pasteles o en una cajita colgando de el collar de un perro (leí un artículo sobre eso en algún sitio, anonadada me quedé)
Las mujeres tenían una dote, una cantidad de dinero que el progenitor de la misma le entregaba al marido en agradecimiento por sacársela de encima (en aquella época las mujeres eran poco más que una carga). 
La mujer, el día antes se despojaba de todo aquello que alejaba de la niñez. Entregaba sus juguetes y parte de sus vestidos como símbolo de su paso a la madurez, algo así como el simbolismo que implica meter billetes en los calzoncillos de un gogó el día de tu despedida de soltera en la actualidad.

La ceremonia empezaba por la mañana, la novia vestía con una túnica blanca, un cinturón de doble nudo y un velo naranja, que generalmente adornaban con una corona de flores. El novio llevaba una túnica de gala, pero sin demasiada ostentación. Ambos cónyuges pedían los auspicios de un augur, que podía ser alguien de la familia. Parece ser que hasta las peores familias tenían un augur, algo así como el cuñado graciosillo.
El romano era un pueblo terriblemente supersticioso, los auspicios eran algo así como una consulta a los dioses de que el matrimonio era visto con buenos ojos, y una manera de pedir suerte. Para que éstos les concedieran el favor (algún día me extenderé sobre los dioses romanos y su “¿Qué me ofreces a cambio?”) sacrificaban un cerdo, un ternero o un buey, dependiendo del bolsillo de cada familia.



A su izquierda, el augur consultando entrañas y haciendo los auspicios

Una viuda que sólo se hubiera casado una vez, la prónuba, era la encargada de coger las manos de los novios, recitar unas palabras en latín y casarlos. Durante ésa ceremonia, los novios decían, ojo, las siguientes palabras: “Ubi tu, (nombre de la pareja), Ego, (tu nombre)” que venía a ser algo como “Te tomo a ti…Yo…”
Entonces se intercambiaban unos anillos de oro, o bañados en oro, que colocaban en el dedo anular de el cónyuge. Después firmaban los papeles conforme estaban casados y listo. Estoy empezando a tener dejavús constantes…


Los enamorados dándose la mano con la prónuba de por medio...


Pero eso no es todo.
A partir de ese momento, se celebraba un convite para la familia que duraba hasta horas intempestivas, mientras que los novios se iban derechitos a casa. Pero no iban solos, por el camino, que generalmente se alumbraba con antorchas, los amigotes del novio cantaban canciones obscenas sobre la feliz pareja mientras los niños tiraban cáscaras de nuez al suelo para hacer ruido. Por suerte, lo de tirarle cosas a los novios no empezó hasta que el arroz dejó de ser un alimento preciado, porque lo de las nueces hubiera sido bastante escandaloso.
Al llegar al umbral del hogar, los padrinos cogían a la novia en brazos y la metían en la casa. Volviendo a la superstición, el hecho de que la novia tropezara o entrara con el pie izquierdo sería interpretado como una señal de mala suerte y infortunio.
Lo que me llama la atención es que fueran los padrinos y no el novio, supongo que sólo faltaría que el novio se tropezara con la novia en brazos, entonces sólo les quedaría la opción de pegarle fuego a la casa maldita.



Alianzas romanas

Con los recién casados subían dos amigas de la novia y dos esclavas. Las esclavas le entregaban a la mujer el agua (símbolo de templanza y flexibilidad) y el fuego (símbolo de la calidez y lo hogareño). Después las amigas le quitaban a la novia el velo y el cinturón, y a partir de ahí, se les dejaba solitos en el lecho, que tampoco es plan de que lo tengan que hacer todo los demás.
Como ven, la mayoría de las cosas siguen haciéndose hoy en día, y es que no hay nada como descubrir las raíces de uno, ¿verdad?

Lo que más me divierte es que desde la calle, los amigos de los novios seguían con las canciones obscenas mientras la pareja estaba en la intimidad.
Toda boda tiene su amigo “liante”, es cómo lo del cuñado gracioso. 

4.4.11

Érase una nariz a una reina pegada...

Aprovechando que hace buen tiempo y un sol estupendo, se me ha ocurrido hablar de ella, de la hija del Dios Sol, de Cleopatra.
Son tantos las historias sobre Cleopatra, tantas las películas y actrices  con demasiado eyeliner que la han interpretado, que uno al final ya no sabe a que atenerse.
Hablando de las actrices, si tuviera que recomendar a una de ellas, sin ninguna duda escogería a la joven y desconocida Lyndsey Marshal, de la serie Roma. No sólo por su interpretación, que me parece impecable, sino porque estoy segura que Cleopatra no tenía nada que ver con estas divas Hollywoodienses que parecían clientas asiduas de un “Compro oro”, sino que más bien sería parecida a Marshal, pequeñita, de facciones marcadas y pelo cortito, que para eso están las pelucas echas con las melenas de las esclavas.
Higiénico, fácil e intercambiable, todo son ventajas.


Lyndey Marshal, una Cleopatra del siglo XXI

Por lo que dicen los escritos, Cleopatra era una mujer terriblemente astuta y seductora, y aunque siempre se la ha querido ver como un bellezón, en realidad era más fea que pegarle a un padre. Pero tenía personalidad, mucha maña, una voz persuasiva y usaba sus armas de mujer con mucha habilidad.  
Además, era una persona extremadamente culta, y aunque había sido instruida en una educación griega, como era tradición por aquél entonces en la familia real egipcia, fue la primera en aprender el egipcio. También tenía conocimientos de literatura, música, política y matemáticas. Una joyita de mujer vamos.
No hace falta decir que dos grandes hombres como Julio César y Marco Antonio cayeron rendidos a sus pies y le dieron bastantes hijos como prueba.

Cleopatra ascendió al trono después de una guerra civil contra su hermano y marido (algo muy común) de doce años (algo también muy común), Ptolomeo XIII. Para conseguir ser reina de Egipto contó con la ayuda de Julio César, que justo acababa de quedarse sin rival político con la muerte de Pompeyo.
Pero de las batallitas de Julio y Pompeyo ya hablaremos en otra ocasión.

Lo importante es que Cleopatra se cameló aquí al “dictador” de Roma.

Apunte importante, en aquella época, el cargo de “dictator” era otorgado a una persona que poseía el poder absoluto en caso de que la república sufriera una crisis, como una guerra. Era un cargo que no duraba más de seis meses, en el que todas las decisiones eran tomadas por la persona que ostentaba este cargo, que, además, era escogido por los senadores.
Igualico que ahora vamos.
Julio César dijo que eso que sí, que estaba muy bien, pero que lo de los seis meses le parecía poco tiempo, y se hizo dictador vitalicio, es decir a tiempo completo. Eso ya empieza a sonarme más familiar.

En fin, que Cleopatra consiguió los favores de César y algo más, un hijo, al que los alejandrinos llamaban “cariñosamente” Cesarión.
Poco después y teniendo en cuenta los problemas que había en la ciudad de Roma, Julio César se fue de Alejandría dejando a Cleopatra al mando del cotarro junto a su nuevo marido, otro hermano suyo, también llamado Ptolomeo, pero esta vez de 10 años de edad, enternecedor.


Cleopatra pidiendo favores a pecho descubierto

Cleopatra siguió mandando y mandando hasta que apareció el hombre que le daría los mejores años de su vida y que la llevaría a la muerte, Marco Antonio.
El nombre de Marco Antonio siempre me ha gustado, suena como muy potente.
No me extenderé demasiado en la historia de Marco Antonio y Cleopatra, pero en muchos escritos se afirma que fue un amor de película americana.
Marco Antonio era un general que había luchado a las órdenes de César y que había conseguido puestos en el senado gracias a la intervención de el mismo. Cuando César fue asesinado, persiguió a los asesinos junto a Octavio (el futuro emperador Augusto) y Lépido, otro general a las órdenes de César.
Los tres formaron un triunvirato, en plan tripartit y se repartieron las tierras de Roma.
A Marco Antonio le tocó oriente, Egipto incluido, y allí que se fue cuando se dio cuenta que la República no estaba muy de acuerdo con esto del tripartit para pedir ayuda a la soberana, ejércitos sobretodo.
Cleopatra no se fiaba ni un pelo, pero accedió a encontrarse con Marco Antonio en su barco para hablar de negocios. De negocios se habló, durante cuatro días con sus cuatro noches, con todo lo que eso conllevaba.
Finalmente se llegó a un acuerdo, Cleopatra prestaría ayuda militar al triunvirato a cambio de que Marco Antonio matara a su hermana, que no paraba de querer usurparle el poder y así se hizo. Los dioses los crían y ellos se juntan.
Marco Antonio y Cleopatra se enamoraron perdidamente hasta el punto de que el gobernante rechazó a su esposa Octavia (hermana de Octavio, su supuesto coleguilla de triunvirato).


Cleopatra y Marco Antonio en la serie "Roma"

Teniendo en cuenta que tanto Octavio como Marco Antonio buscaban el poder absoluto desde hacía tiempo, y que Lépido ya no pinchaba ni cortaba nada, lo del rechazo a Octavia desató una guerra civil bastante interesante.
Como Marco Antonio controlaba el oriente, y todo el grano venía de oriente, le cortó el grifo a Roma, y Octavio se puso manos a la obra. Pero no era tan fácil. El pueblo quería mucho más a Marco Antonio que a Octavio. Sí amigos, el pueblo importaba, bueno, importaba tanto como ahora, la opinión pública se lleva estilando desde antes de Cristo.
Pero Octavio tenía recursos para todo, hizo creer al pueblo que Marco Antonio estaba hechizado por la bruja egipcia Cleopatra, una extranjera que sólo le proporcionaba placeres mundanos y egoístas. Y el pueblo le creyó. El pueblo también ha sido pueblo desde antes de Cristo.
Con el personal de su lado, Octavio marchó con sus flotas hasta las cosas de Accio, donde luchó contra el ejercito de Cleopatra y Marco Antonio.
Cleopatra, cobarde como ella sola, huyó con su barco cuando vio que las cosas se empezaban a poner complicadas, y Marco Antonio la siguió, dejando a su ejército sin comandante, y condenándolos a la derrota.


 Batalla del Accio, el barco de la izquierda es el de Cleopatra, a todo correr. 

Los amantes se encontraros asediados en el palacio de Cleopatra y allí se abandonaron a todo tipo de placeres, orgías, borracheras y demás. Pero su tiempo llegaba a su fin, porque Octavio ya había amenazado con asediar el palacio si no se entregaban.
En secreto, y para agilizar el tema de la rendición, Octavio le propuso un acuerdo a Cleopatra mediante a un mensajero: Si ella conseguía que Marco Antonio se entregara, ella y los hijos que había tenido con Marco Antonio no sufrirían ningún daño.
Y Cleopatra, además de cobarde, ruin, le hizo creer a Marco Antonio que se había suicidado. Imagínense el drama, el gobernador no tardó en dejarse caer sobre su propia espada, algo que se estilaba mucho en aquella época. Parece ser que estaba de moda o algo.
Tras la muerte de Antonio, Cleopatra se entrevistó con Octavio, pero con éste no tuvo tanta suerte como con los otros dos. Octavio era un hombre frío y calculador, insensible a los encantos de la soberana y centrado únicamente en la política y la victoria. La invitó a venir a Roma y en ése momento la hija del dios Sol se dio cuenta que su destino era el de ser exhibida encadenada como un trofeo ante la plebe de Roma en el desfile de la victoria de Octavio.
Yo imagino que también debió sentirse algo culpable por haber engañado a su amante y haberlo conducido a la muerte. Sinceramente.
Pidió a sus esclavas que le trajeran una cesta con fruta y que metieran un áspid dentro, una serpiente terriblemente venenosa y que era usada para suicidarse de una forma algo más exótica que la romana, algo en plan oriental.
Hay que reconocer que murió con estilo, porque según parece, se colocó la serpiente en el pecho para que la mordiera, así que debió ser sensual a la vez que siniestro encontrarse a la reina muerta con un pecho al descubierto.



Muerte de Cleopatra

Cleopatra fue enterrada junto a Marco Antonio, pero la tumba aún no ha sido encontrada, así que ya saben, si no tienen nada que hacer este verano, vayan a darse una vueltecita por Egipto y quizá entren en los anales de la historia.

Respecto a los mitos de Cleopatra, sí, es cierto que se bañaba en leche de burra, que era muy bajita, que condenaba a los traidores a morir devorados por cocodrilos y que su barco tenía remos de plata.
También es cierto que se rodeaba de lujos ostentosos y incomprensibles, que derrochaba mientras su pueblo pasaba hambre y que se han encontrado imágenes donde aparece vestida de hombre.
Lo que recuerdo con más cariño, si me permiten la mención, es el cómic de “Astérix y Cleopatra”, en el que Panoramix el druida, recordando a Cleopatra, siempre decía la coletilla “¡Qué nariz!”.


Panoramix sonrojado, toda una rareza...

No es de extrañar, ya que monedas acuñadas con la efigie de la reina revelan que seguramente fue antepasado de una conocida actriz española con un hocico de aquí te espero, ahí es nada.


Sí lectores, ESTA es Cleopatra...

25.3.11

Que Ridley Scott me perdone...


Hoy he empezado a ver una serie que les recomiendo si les gusta la temática de los gladiadores y la estética de películas como 300 o Sin City.
Se trata de Spartacus, una serie que, aunque dista mucho de la realidad, resulta entretenida, sobretodo para aquellos sedientos de sangre a los que les gusta ver como salpica a cámara lenta.
Como sólo he visto los primeros capítulos, de momento tenemos a Espartaco en el ludum, o escuela de gladiadores, entrenándose para convertirse en un héroe del pueblo en contra de su voluntad, cómo a los romanos les gustaba.
Poco tiene que ver el potente Andy Whitfield, protagonista de Spartacus, con lo que fue nuestro amado Kirk Douglas, pero ya se sabe, los gustos cambian y, no nos engañemos, lo que prima actualmente en televisión son un buen par de pectorales, masculinos o femeninos, que por cierto, también abundan en la serie. Ya ven, puro espectáculo para el nene y la nena.



Andy Whitfield VS Kirk Douglas...lucha de titanes. 

Pero volviendo a los gladiadores, y sin querer ser aguafiestas para todos aquellos que adoran a Russell Crowe como si fuera un dios – conozco a un par de ellos- me gustaría desmitificar su figura, ya ven, me he levantado puñetera.

Originariamente el espectáculo de gladiadores –anterior a la civilización romana- se consideraba una ofrenda para los antepasados y se realizaba cerca de las tumbas, así que podríamos decir que era algo puramente religioso.
Pero algo que iremos descubriendo a través de este blog, si ustedes me permiten, es que nos parecemos más a los romanos de los que seguramente a muchos les gustaría. Si antes hablábamos de pechos varios para entretener al personal, ellos hablaban de sangre para entretener al pueblo. Y no les voy a mentir, de sangre no tanta, la verdad. El rito religioso se convirtió en espectáculo, sorprendente.

Es cierto que algunos gladiadores morían en la arena, pero sólo uno de cada diez.  Y la mayoría se debía a la sangre que perdían por las heridas en la batalla. Es cierto que cuando el animalico sufría mucho, le clavaban la gladius –originales ellos para los nombres- para acabar con la agonía, pero poco más.
Ojo, no me malinterpreten, sangre había a raudales en el anfiteatro, que para eso estaba ahí el pueblo soltando berridos, pero no de gladiadores, sino de condenados a muerte, cristianos y demás. Pero los gladiadores eran tremendamente caros, carnaza de primera categoría, comprados, entrenados e instruidos para durar más de un asalto. Que no estaba el horno para bollos.
Cuando pienso en las peleas de gladiadores no puedo evitar acordarme de las peleas de Smackdown, esas en las que hay mucho espectáculo, mucho músculo y mucha pirueta, pero poco más.
Sé que algunos de ustedes ya habrán abandonado la lectura indignados, pero a los que quedan les confesaré un pequeño secreto, algunos sí morían, pero eso quedaba en manos de los dos elementos más importantes de un anfiteatro, el pueblo y el organizador de los juegos.
La batalla era más o menos la siguiente: Entraban los gladiadores, saludaban al organizador de los juegos, no siempre, ojo, pero de ahí viene la famosa frase “Ave Caesar, morituri te salutant”. Hacían sonar el cuerno y empezaba la batalla, generalmente en parejas. Espadazos, redazos, heridas leves y el pueblo enloquecido. Hago una pausa para confesarles que esto me recuerda peligrosamente a una tarde con “Sálvame”.


Mosaico que representa una lucha entre gladiadores. Los marcados con un círculo cruzado son los caídos. 

En el momento del triunfo, el gladiador vencedor, con el vencido en sus manos, miraba al organizador de los juegos, y ahí señores, ahí viene el gran error, porque el cine ha hecho mucho daño con el tema de los pulgares.
Si el pueblo dirigía el pulgar hacia abajo no significaba “Mátalo, mátalo”, sino “Deja caer la espada, deja caer la gladius”, es decir, “¡Que no lo mates leñe!”.
Si el pueblo escondía el pulgar dentro del puño, significaba “Envaina la espada” es decir, pedía el perdón para el vencido.
En el caso de que el pobre hombre no tuviera tanta suerte, el pueblo pedía su muerte dirigiéndose el pulgar a la garganta. Pero aún así, de rebanar el gaznate nada, se le clavaba la espada en el omoplato para que llegara directamente al corazón y evitar el sufrimiento. Y adiós muy buenas. Eso sí, el gladiador aceptaba la muerte con honor y dignidad, todo era muy honorable en aquella época.

¿Y qué pasaba después? Pues depende del gladiador que fuera uno, si era el vencedor, se le ofrecían palmas como símbolo de victoria, se le pagaba sus buenas monedas y se le adornaba con coronitas de cintas, muy masculino todo. Si uno era bueno de verdad, recibía una espada como símbolo de libertad y podía retirarse a cuidar ovejas.
En caso de ser el vencido, pues nada oye, unos esclavos lo arrastraban con unos garfios hasta una puerta llamada “La muerte” y a otra cosa.
Durante el período del Bajo Imperio, es decir, durante la decadencia, sólo el emperador podía condenar a muerte a un gladiador, así que ya ven ustedes el drama.

No pienso aburrirles con clasificaciones, porque de gladiadores había muchos y de muchas clases, dependiendo de la vestimenta y la manera de luchar- no olvidemos que era un espectáculo de masas, tenía que haber variación y lucecitas que parpadearan- pero si hay un tipo de gladiador que siempre me ha llamado la atención, ése es el reciario. El nombre seguramente no les sonará, pero en cuanto se lo describa sabrán de cuál hablo.
Reciario significa en latín, el hombre de la red…¿Les empieza a sonar? Su armadura estaba basada en la vestimenta de los pescadores, y tenían como armas una red, con la que envolvían al enemigo, un tridente, que les servía para rematar la faena cuando tenían al pobre hombre inmóvil y una pequeña daga, que podía servir para atacar, pero sobretodo se utilizaba para cortar la red, que llevaban atada a la muñeca. Ver una batalla con ése tipo de gladiador debía de ser un espectáculo, porque hasta que no atrapaba al enemigo ya me dirán ustedes, me lo imagino persiguiendo al contrincante tridente en mano y red en muñeca, tratando de pescarlo.


Un reciario detenido por una figura alegórica con barba justo antes de dar el golpe de gracia.

Los gladiadores eran auténticos héroes, se hacían muchas apuestas sobre las batallas y el pueblo coreaba su nombre, pero ya lo dijo el poeta Juvenal, que lo que usaba el gobierno para mantener al pueblo tranquilo era “Panem et circenses” , es decir, pan y circo.
¿Que nuestro emperador abusa de nuestros derechos y nos trata como a perros? 
No pasa nada, tenemos pan.
¿Qué nuestro pueblo está viviendo una de las peores crisis que ha sufrido en su historia?
No pasa nada, tenemos fútb…quiero decir, circo.