16.5.11

A un titán nos encomendamos...

Parece que haga eones que no escribo en el blog, y es que el tiempo pasa volando cuando una trata de acostumbrarse a su vieja polis, después de llevar un tiempo de viaje por otras provincias.

He empezado a leer un nuevo libro, se llama Mitología Griega y Romana, de  J Humbert, i por el momento, es bastante prometedor. Les recomiendo que se lo lean si quieren profundizar un poco más en el tema de la mitología, aunque no es el libro que recomiendo para los novatos, ya que puede parecerles un tanto aburrido y monótono si no están familiarizados con el vocabulario mitológico estándar.

Siguiendo con el tema de los dioses, supongo que debería empezar a hablarles de los Olímpicos, pero no, creo que no voy a hacerlo así. Creo que voy a empezar por Prometeo.
Y es que Prometeo señores, es el ente al que todos deberíamos venerar más. Sin duda alguna, si no fuera por Prometeo la raza humana se habría extinguido ya hace mucho.
Prometeo era un titán, sí, de la misma raza que Cronos, el dios del tiempo, padre de Zeus y toda la camada Olímpica. Dicen que cuando Hera (esposa de Zeus) era adolescente, fue violada por un Gigante, y que debido a esto la diosa engendró a Prometeo.
La existencia de Prometeo no era plato de buen gusto para Zeus, ya que él sí podía, con perdón de la expresión “tirarse a todo lo que se movía”, pero que su mujer engendrara a alguien de forma extramatrimonial, aunque fuera a causa de una violación, eso ya era harina de otro costal.
Pero no nos engañemos, Zeus no sólo odiaba a Prometeo por ser un bastardillo más.




Spoiler de la historia de Prometeo. 

Primero de todo hay que tener en cuenta una cosa muy importante, una verdad universal: Los humanos a los dioses les importamos un pito. En realidad, no somos más que juguetes con los que es agradable jugar un rato, despiezarlos, montar guerras épicas, planear secuestros de damiselas, pero que, una vez mamá los llama para cenar, sólo dejan arrinconados convirtiéndonos en un estorbo para ellos.
Así nos veía Zeus cuando aparecimos en éste mundo, como un estorbo, como un error que había que sanar, eliminar. 
Pero aun así, decidió hacerlo de una forma original,  recreándose en su poder, y consiguiendo sólo que el tiro le saliera por la culata.
Ordenó a los humanos que le ofrecieran sacrificios animales, creyendo así que si éstos sacrificaban toda la comida que tenían, morirían por inanición. Básico pero efectivo si se para uno a pensarlo.
Con lo que Zeus no contaba era con nuestro colega Prometeo, que decidió echarnos una mano, me gustaría pensar que para bien.
Ordenó que se sacrificara un buey en honor a Zeus, pero hizo dos montones. En uno, Prometeo colocó la piel, las vísceras y la carne dentro del estómago del animal, mientras que en el otro puso los huesos, pero los cubrió con la grasa.
Cuando se le pidió a Zeus que escogiera el montón que comerían los dioses, éste se decidió por la grasa, pensando que ahí estaba toda la chicha, pero ¡Oh sorpresa! Se encontró solo con los huesos.
Desde ése momento, en los sacrificios a los dioses siempre se quemaban los huesos, pero la carne se la quedaban los humanos. 
Zeus, como es natural, se cabreó bastante al verse ridiculizado y, como castigo, nos arrebató el fuego.
Pero Prometeo robó el fuego para nosotros del monte Olimpo. Le costó lo suyo pero lo consiguió, y nos lo devolvió consiguiendo así que la raza humana siguiera su curso. Supongo que si ahora Prometeo viera en lo que nos hemos convertido, alomejor se lo pensaba dos veces, o se hacía un poco más de rogar.



Prometeo con el fuego en la mano, ya mostraba entonces expresión dubitativa...

El caso es que a Zeus esto ya le pareció demasiado, y es que nunca hay que ofender a los dioses, porque siempre acabas perdiendo.
Zeus mandó a Hefesto, del que hablaremos más adelante, que le hiciera una mujer de arcilla, Pandora. Otorgó a Pandora toda clase de virtudes, belleza, sensualidad, carisma, algo de frivolidad y un poquito de mala leche para rematar.
Después, se la dio en matrimonio a Epimeteo, un hombre que en realidad no pinta mucho si no fuera porque era el hermano de Prometeo. Y mira que Prometeo le dijo: No aceptes regalos de los dioses, no pueden traer nada bueno. Pero Epimeteo no hizo caso a los consejos de su hermano y se desposó con ella. Con lo que nadie contaba era que de regalo con el "pack especial de esposa" venía una caja muy especial. Ésa caja contenía todos los males de éste mundo. Fue solo cuestión de tiempo que Pandora, movida por la curiosidad, abriera la caja y condenara a los humanos a una vida de miseria y penurias. Lo único que quedó atrapado dentro de la caja  fue la esperanza, cuya existencia proviene de los propios humanos y es lo que muchas veces hace falta para combatir las desgracias.



 Pandora y la cajita de marras.

Bueno, Zeus ya se había vengado de los humanos, y de qué manera…Pero todavía no había terminado.

Mandó atar a Prometeo a una   piedra del Cáucaso y le infligió una de las peores torturas que se recuerdan en la mitología.
Todas las mañanas, Zeus mandaba a una águila  para que se comiera el hígado del Prometeo, pero como éste era inmortal, por la noche el hígado le volvía a crecer, enterito y jugoso para ser el aperitivo del águila a la mañana siguiente.



 ¿A alguien le apetecen unos higadillos?

Aunque el castigo debía ser eterno, finalmente Prometeo fue liberado por Heracles (Hércules) a cambio de cierta información para realizar una de sus gestas.
Se puede deducir que, al final, quien tiene la información tiene el poder, así que les aconsejo que se procuren algún que otro chismorreo del vecino por si las moscas.

Por cierto. ¿Se han fijado que las mujeres siempre acabamos siendo las que metemos la pata? Eva, Pandora…en fin.  
Supongo que sólo nos queda rezar por que nunca tengamos que volver a necesitar la ayuda de Prometeo, porque me parece que, en ése caso, deberemos ser nosotros los que pongamos el hígado en el altar de los sacrificios.